Paraíso para dos – Capítulo 26 final

Ahora sí, las líneas finales de esta historia. Gracias por su apoyo a lo largo de todo este tiempo. Gracias a Madel Ros y la maravillosa página Antigua Novela de Candy Candy por permitirme usar este precioso fanart para ilustrar la conclusion de la historia.

Capítulo 26 – PARAÍSO PARA TRES

Con el correr de las semanas, la sociedad de Chicago se fue haciendo a la idea de que el William Albert era el patriarca de los Ardlay, y la curiosidad inicial se fue apagando, para gran alivio de Albert, que estaba francamente cansado de reuniones de señores y de visitas al club de golf.

Por fortuna, Archie estaba más que dispuesto a representarlo en ocasiones sociales y Stear tenía mucha cabeza para los negocios. Los lazos naturales de familia entre los tres, se habían vuelto inquebrantables debido a la genuina amistad que habían formado mientras Albert estuvo sin memoria. Juntos eran la punta de lanza del clan, con un empuje que no se había visto en generaciones.

Con ocasión de la boda de Archie y Annie, se supo que la carismática (y para entonces, no tan desconocida) esposa del Sr. William estaba esperando un hijo. Esto produjo una nueva oleada de visitas a la familia en la casa de Chicago, hasta que la pareja decidió retirarse a la pacífica mansión de Lakewood para que Candy pasara tranquila los últimos meses del embarazo.

Un día, sin embargo, acudió a Lakewood un visitante inesperado, que iba expresamente para presentar sus respetos a la Sra. Candice W. Ardlay. Se trataba de Neil Lagan.

Candy dio la instrucción de que lo recibiría en el salón de té, y allí la esperó Neil.

No se habían vuelto a ver desde el fallido compromiso, no a solas, cuando menos. Únicamente se habían encontrado un breve momento en la boda de Archie, habían intercambiado un respetuoso saludo y nada más.

Neil se puso de pie, nervioso, cuando Candy apareció por la puerta. Después de los saludos formales, Neil reveló el motivo de su visita.

-Me marcho a Detroit por una larga temporada, por negocios. No quise irme sin despedirme como es debido.

-Espero que tus planes tengan mucho éxito -contestó ella.

Neil sonrió con una breve inclinación de cabeza, pero cambió de tema.

-El matrimonio te sienta maravillosamente, Candy.

-¡Oh, Neil!

-Lo digo sinceramente. Solo me apena no ser yo quien puso esa sonrisa en tu rostro…

Se hizo un silencio incómodo, hasta que Candy habló.

-Albert y yo fuimos víctimas de un engaño terrible. Me hicieron creer que lo había perdido para siempre. Por un milagro lo supimos a tiempo para remediarlo.

-Casarte conmigo habría sido un error, ¿es así como piensas? -dijo Neil, herido.

-Solo porque me orillaba a aceptarte una gran mentira. Neil, si aquello que me dijeron hubiera sido verdad, me habría casado contigo con inmensa gratitud y con el vivo deseo de honrarte como esposo. Pero si hubiera sabido de la infamia después de desposarte, mi corazón habría quedado tan destrozado, que habría quedado inútil para sentir.

-El corazón que ha quedado inútil para sentir, es el mío, Candy.

-Sé que esta decepción parece insuperable, pero pronto comprenderás que es mucho mejor que encuentres a una mujer que te ame sin obstáculos.

-No podré amar a otra mujer más que a ti.

-Sí, Neil, claro que sí. Ahora sabes lo que es el amor y lo que vale ser correspondido. Imagina cuánto más dulce es un matrimonio cuando una mujer viene a ti por voluntad, y no por hallarse en una situación desesperada.

-Te diría que es amargo el desengaño si no fuera porque tú nunca me mentiste,  Candy. Aun así anhelaba casarme contigo y ahora… Ni siquiera me queda el orgullo de ser superior al hombre que amas… debo inclinar la cabeza y ceder el paso ante el dorado heredero.

-No fue esa la razón por la que me casé con Albert, para nada pensé en su fortuna cuando me enamoré. Ni él ni yo teníamos idea. Así que no creas más en esa mentira de que lo único que puedes ofrecer a una mujer es una vida cómoda en una casa elegante.

-¿Tú crees que yo puedo ofrecer más que eso?

-Por supuesto, Neil. Ahora lo sé sin ninguna duda.

Neil lucía abatido, pero con cierta esperanza en la mirada.

-¿Nos despediremos como amigos? -preguntó Candy, tendiendo la mano.

-Desde luego -contestó él, estrechando la mano que Candy le ofrecía.

o + o

Durante algún tiempo, no hubo cambios en la felicidad cotidiana de Albert y Candy, hasta el esperado día en que nació su primogénito. William Aidan Ardlay era un bebé saludable y risueño, bendecido de todas las maneras posibles en el mundo.

Ninguna nube de tristeza se veía en el horizonte. Sin embargo, el día del bautizo del pequeño Aidan, hubo un suceso que alteró sobremanera el humor de Albert.

Quiso la casualidad que Albert y la tía Elroy se quedaran un momento a solas. La gran señora suspiró con satisfacción y dijo:

-El linaje Ardlay está asegurado.

Esta fue la gota que derramó el vaso.

De golpe le llegaron a Albert todos los recuerdos dolorosos de su separación y la certeza de que la mano de la tía había estado detrás. Su presente felicidad había enmudecido su resentimiento, pero la sonrisa despreocupada de la tía Elroy atravesó el corazón de su sobrino.

-Lo que ha hecho, tía, no tiene perdón. ¿Qué cuentas daría al Creador si hubiera conseguido desterrar a mi hijo, el legítimo heredero de los Ardlay?

Debido a la sorpresa, la tía no acertó a negar las acusaciones.

-Yo no sabía que ella estaba embarazada, yo no lo sabía. ¡Te lo juro!

-Eso no importa ya. Ahora sé hasta dónde es capaz de llegar para conservar el poder y el control. No le bastó encerrarme como a un criminal y robarme la infancia, ¡ni siquiera se tocó el corazón para arrebatarme al amor de mi vida! Todo lo demás puedo perdonarlo, pero es imposible que me olvide del peligro en el que puso a mi esposa y a mi hijo. Espero que haya oído bien estas palabras, ¡porque son las últimas que le regalaré en mi vida!

La tía Elroy se largó a llorar, implorando perdón, pero sus ruegos fueron inútiles.

Albert salió del lugar hecho una furia, montó su caballo y anduvo a galope hasta que su fiel montura dio signos de cansancio. A dónde fue, sino a la Colina de Pony. Allí había ido a repensar su vida tantos años atrás y ahí había encontrado su destino. El recuerdo de la pequeña niña llorona lo llenó de alegría.

Se recostó en la hierba por espacio de media hora, dejando que el sonido del viento se llevara su mal humor. Tenía tanto que agradecerle a la vida… y aún así, quería poner distancia con los mayores de la familia. No dejaría que la amargura y el rencor arruinaran su felicidad.

Para cuando volvió a la mansión, ya tenía un plan perfectamente formado.

Candy estaba recostada en un sofá, con el pequeño Aidan en brazos. Su rostro se iluminó al ver entrar a su esposo.

-¡Albert, has vuelto! Te vi pasar a todo galope por la ventana… ¿está todo bien?

-Ahora sí.

Candy le sonrió y estiró un brazo hacia él, para invitarlo a sentarse en el sofá junto con ella y el bebé.

-Cuéntamelo todo…

-He estado posponiendo un viaje muy importante al extranjero.

-¡Oh! No es lo que esperaba oír.

-Creo que puedo aplazarlo unos meses más pero… Tenemos grandes inversiones en Brasil y hay decisiones que no se pueden tomar desde aquí.

-Lo entiendo -dijo Candy, algo desanimada.

-No, creo que no me estás entendiendo. Quiero que vayamos juntos, los tres.

-¿Quieres que vayamos contigo? ¿Aidan y yo?

-Es lo que más deseo. Te lo dije hace tiempo. No estoy dispuesto a separarme de ti nunca más. Es un viaje largo y tendremos que quedarnos allí cuando menos 6 meses, si no es que un año… ¿Qué te parece la idea?

-¡Será una aventura maravillosa! -dijo Candy con mirada ensoñadora- Nosotros tres… y he oído que Brasil es un verdadero paraíso.

FIN.

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