Aquí estoy con otro pequeño capítulo de la historia. Espero lo disfruten y comenten.
Me doy cuenta de que en mi versión, las cosas no están tan claras para Candy y Albert como en otros fanfics, pero yo creo que los dos tienen cosas que resolver para poder estar juntos. Es sólo mi forma personal de ver las cosas…
+ o + o +
Capítulo 7
Mi desconcierto es tal que tardo unos segundos en reaccionar y correr tras de Candice. No pasa mucho antes de quedarme sin aliento y debo detenerme para recobrar el aire. Sólo ahora me doy cuenta qué tan debilitado me ha dejado la enfermedad. De alguna manera consigo emprender nuevamente la carrera, aunque Candice me lleva tanta ventaja que la pierdo de vista entre los arbustos. Me parece que ha tomado rumbo del Hogar de Pony y hacia allá voy con todas las fuerzas de que soy capaz.
Cuando toco a la puerta del Hogar de Pony, tengo el pulso enloquecido, el sudor me baja por la espalda y debo apoyarme en el muro porque siento que las piernas hormiguean por el esfuerzo.
Es la Hermana María quien abre la puerta y se me queda viendo, estupefacta. Seguramente estoy impresentable.
-¿Ha llegado Candice? -pregunto cuando soy capaz de hablar.
-Candy no ha venido por aquí hoy -me contesta la Hna. María, con mirada consternada.
-Nos separamos un momento… y… la perdí de vista. Creí que estaría aquí.
No sé qué otra explicación dar y la Hna. María no me pide saber más.
-Candy nos escribió hace un par de días diciendo que estaba por volver, pero no hemos tenido más noticias desde entonces.
Estaba seguro de que estaría en el Hogar de Pony y me inquieta saber que no es así. ¿Dónde estará ella?
Aunque es evidente que algo inusual ha sucedido entre Candice y yo, intento decir algo que no sea comprometedor. Me quedo pensativo antes de hablar.
-Tengo muchos asuntos que atender en la ciudad y no estaré en Lakewood todo el tiempo, pero le agradecería mucho que me envíe una nota para saber cuándo Candice esté de vuelta con ustedes.
-Cuente con ello, Albert.
La Hna. María me dedica una sonrisa amable y nos despedimos.
El camino de vuelta a casa es agotador y, tal como sospechaba, Candice no ha vuelto a Lakewood. Sé que es capaz de cuidarse sola, pero mi inquietud vuelve la tarde eterna y, al caer la noche, me resulta imposible dormir.
El insomnio me da tiempo para pensar. Candice estuvo a punto de besarme… ella siente algo por mí y aunque no entiendo qué la hizo salir corriendo, estoy determinado a que aclaremos las cosas.
+ o + o +
Al día siguiente, al volver de Chicago para atender los asuntos más urgentes, me encuentro con una nota proveniente del Hogar de Pony. No es, como esperaba, la noticia de que Candice se encuentra de vuelta allí, sino una breve petición de reunirme con la Hna. María en cuanto me sea posible.
Sin perder un minuto, pido que ensillen mi mejor caballo y a galope veloz emprendo el camino.
En el Hogar de Pony, me recibe la Hna. María y me hace pasar al pequeño despacho.
Me sorprende el hecho de que no pierde tiempo en charla de cortesía, tan pronto estamos sentados, me dice:
-Tal vez estoy cometiendo una indiscreción -se lleva los dedos a los labios, dudosa de seguir. Suspira hondo y decide continuar-. No, estoy segura de estar cometiendo una indiscreción, pero no puedo quedarme de brazos cruzados mientras veo a Candy llena de temores, dejándose mal aconsejar por el miedo. No es la forma en que la hemos criado.
Con cada instante que pasa, la conversación se vuelve más inusual.
-Hermana, ¿Candy ha hablado con usted de… algún asunto en particular?
-¿Hablar? No, no nos hemos visto desde que partió para Lakewood, hace semanas, pero la conozco tanto… Será mejor que lea esto, Albert.
Sin decir más, me entrega una carta, en la que reconozco la caligrafía de Candice.
«Querida Hermana María,
Sé que había prometido volver al Hogar de Pony tan pronto las cosas en Lakewood mejoraran, pero estoy necesitando unos días de reposo y tranquilidad, que son prácticamente imposibles en un lugar lleno de niños felices y sanos.
Aunque llevo algunos años bajo la tutela de la familia Ardlay, hace muy poco que he caído en cuenta de que mi sustento ya no dependerá de mi trabajo. Es algo que no me había detenido a considerar y me obliga a pensar seriamente para qué usaré mis fuerzas de ahora en adelante.
Había prometido pensar qué quiero hacer con mi vida, pero he dejado correr los días sin meditar sobre ello. Es fácil distraerse de los asuntos que importan, cuando gozamos de juventud y gratas compañías, pero la vida es frágil y ofrece pocas certezas, así que me ha llegado el momento de poner orden en mis asuntos.
Estoy decidida a darle sentido a mi día a día, dejaré de ser una veleta que se mueve a capricho del viento y buscaré una felicidad que dependa sólo de mí.
No me queda más que pedir sus oraciones, para que este tiempo de reflexión rinda los mejores frutos.
Espero estar de vuelta muy, muy pronto.
Candy.»
Al terminar de leer, dejo la carta sobre el escritorio. No sé por qué exactamente, pero las palabras de Candice me han dejado intranquilo. A pesar de que habla del futuro, lo hace de un modo que suena falto de esperanza.
Como estoy sin saber qué decir, la Hna. María es la primera en hablar.
-Si Candy insiste en querer encontrar una felicidad que sólo dependa de ella, es porque, ahora mismo, ella siente que depende de alguien más.
Si comprendo bien lo que quiere decirme, es que la felicidad de Candice tiene que ver conmigo. La religiosa lee en mi rostro la confusión y la esperanza; se adelanta a mi pregunta y me dice:
-No es casualidad que le muestre esta carta a usted, Albert, pero es todo cuanto está en mi mano hacer. Sólo una cosa más, el sobre indica como remitente la Mansión Britter.
Por supuesto, Candice está con Annie. Debí imaginarlo.
Mi primer impulso es ir a buscar a Candice tan pronto salgo del Hogar de Pony, pero luego pienso que si ella no ha querido decirme dónde está, con eso sólo conseguiré que vuelva a huir. Buscaré la mejor forma de encontrarme con ella.
Para mi fortuna, al llegar a Lakewood descubro que Annie nos acompaña para cenar. Rehúye mi mirada todo el tiempo y, aunque debo esperar, al reunirnos con las damas en el salón de té, es posible acercarme a ella gracias a Archie.
Mi sobrino, que desconoce lo sucedido con Candice, no entiende el repentino nerviosismo de Annie cuando me siento junto a ellos.
-Annie, quiero saber si ella se encuentra bien -le digo.
Annie sabe a qué me refiero, pero la confusión de Archie crece cuando su prometida me responde:
-No tengo el consentimiento de Candy para hablar sobre eso.
Así, me doy cuenta de que Candice le ha revelado lo que pasó y espero poder encontrar en Annie una aliada.
-No quiero que me cuentes lo que Candy ha hablado contigo en confidencia, no es eso lo que te estoy pidiendo. Annie, lo que necesito es que me ayudes a encontrarme con ella. Debemos hablar, cuanto antes, hay cosas importantes que no pueden quedar sin decirse.
Annie sigue en silencio.
-¡¿Qué es todo este misterio?! -exclama Archie, luego mira alrededor para asegurarse que los demás no nos prestan atención y dice en voz baja- ¿Alguno de ustedes puede decirme qué pasa con Candy y qué tiene eso que ver contigo, Albert?
Annie, que durante todo el rato tuvo clavada la mirada en sus propias manos, se muerde un labio, parece debatir consigo misma lo que hará. Finalmente, levanta la cara para verme a los ojos y dice:
-Tienes razón, Albert. Candy y tú deben hablar. Y yo voy a ayudarte.
Continúa en Tu silueta a contraluz – Capítulo 8